Estado de México.– En días pasados, lo que por meses fue ignorado terminó por reventar. Habitantes de Cuautlalpan tomaron la carretera México–Texcoco y bloquearon ambos sentidos. No fue una protesta más: fue el hartazgo de vivir entre aguas negras, malos olores y un riesgo sanitario que ya no se puede ocultar.
El problema es claro y está focalizado: el drenaje colapsado en Cuautlalpan. Vecinos acusan que descargas de una empresa han agravado la situación, convirtiendo calles en focos de infección. No es percepción, es evidencia: agua contaminada corriendo a cielo abierto, banquetas inutilizables y familias expuestas.
El cierre vial colapsó el tránsito, sí… pero también evidenció algo más profundo: la ausencia de soluciones, se exclama por las calles y entre los manifestantes la pregunta ¿por qué se dejó crecer tanto?
Hoy el problema ya no es solo de Cuautlalpan. Chicoloapan comienza a mirar con preocupación cómo esta crisis puede impactar su propio sistema de drenaje. La molestia crece: pagar las consecuencias de decisiones tomadas fuera de su territorio.
En Chicoloapan, se ha optado por el diálogo para evitar pánico social, pero la incertidumbre sigue ahí, latente, avanzando como el mismo problema que nadie frenó a tiempo.
Y en medio de todo, el tema escala al terreno político. Figuras como Horacio Duarte Olivares y Delfina Gómez Álvarez quedan bajo la lupa ciudadana. Ambos con raíces en la región, ambos con poder de decisión.
La pregunta ya no es técnica, es moral y política:
¿Si no hay respuesta para su propia tierra, qué puede esperar el resto del Estado de México?
Porque aquí no solo se desbordó un drenaje.
Se desbordó la paciencia.
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