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viernes, 2 de octubre de 2026

2 DE OCTUBRE: CUANDO EL PODER RESPONDIÓ CON BALAS

 


Hay momentos en la historia de un país que no pueden explicarse solamente con una fecha.


El 2 de octubre de 1968 es uno de ellos.


Aquella tarde, en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, miles de estudiantes y ciudadanos se reunieron para exigir libertades democráticas, diálogo y el fin de la represión que durante meses había marcado la respuesta del gobierno al movimiento estudiantil.


La respuesta fue brutal.


El Ejército rodeó la plaza y puso en marcha la Operación Galeana. También participaron integrantes del Batallón Olimpia, vestidos de civil y reconocibles por el guante o pañuelo blanco que llevaban en la mano izquierda. Su presencia y participación en el operativo están documentadas por el INAH y el Archivo General de la Nación.


Cerca de las seis de la tarde comenzaron los disparos.


La multitud quedó atrapada. Hubo muertos, heridos y cientos de detenidos. La cifra exacta de víctimas mortales nunca ha podido esclarecerse completamente.


No fue simplemente el final de una manifestación.


Fue la represión de un movimiento social mediante la fuerza del Estado.


Y en la cúspide de ese poder estaba Gustavo Díaz Ordaz, presidente de México y comandante supremo de las Fuerzas Armadas.


Años después, el propio Díaz Ordaz asumió la responsabilidad personal, ética, social, jurídica, política e histórica por las decisiones de su gobierno relacionadas con 1968. En 2024, el Estado mexicano reconoció oficialmente que los actos de violencia gubernamental del 2 de octubre constituyeron un crimen de lesa humanidad y señaló que la responsabilidad principal recayó en el entonces presidente.


También estaba Luis Echeverría Álvarez, entonces secretario de Gobernación y una de las figuras centrales del gobierno federal. Su actuación y responsabilidad fueron investigadas posteriormente en procesos relacionados con la represión de 1968, aunque no terminó con una condena penal definitiva por la matanza de Tlatelolco.


Pero la historia de aquel día no termina con Díaz Ordaz ni con Echeverría.


Tampoco termina con los muertos.


Porque Tlatelolco dejó algo que el tiempo no pudo borrar: la memoria de una sociedad que descubrió hasta dónde podía llegar un gobierno cuando el poder dejaba de escuchar y comenzaba a reprimir.


El 2 de octubre quedó como una advertencia para las generaciones que vinieron después.


Que una protesta no convierte a nadie en enemigo.


Que exigir libertades no puede ser motivo de persecución.


Que las instituciones creadas para proteger a la sociedad no deben convertirse en instrumentos contra ella.


Y que detrás de cada cifra hay una persona, una familia y una historia que merecía regresar a casa.


Por eso Tlatelolco sigue hablando.


Habla desde sus fotografías, desde sus sobrevivientes, desde los archivos y desde las familias que durante décadas exigieron verdad.


Habla también desde las nuevas generaciones, porque recordar no significa vivir atrapados en el pasado.


Significa impedir que el pasado sea borrado.


El 2 de octubre no se recuerda para alimentar el odio.


Se recuerda para defender la memoria, exigir justicia y entender que ningún poder está por encima de la vida, de la verdad y de la dignidad humana.


Porque cuando una sociedad olvida lo que ocurrió en Tlatelolco, no solamente pierde una parte de su historia: pierde una de sus advertencias más importantes.


2 DE OCTUBRE NO SE OLVIDA, ES DE LUCHA COMBATIVA.

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